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Artículos

Usted tenía razón

By 17 agosto 2026No Comments

Imagine que lanzamos una moneda.

Cara: gana 125 dólares. Cruz: pierde 100.

La moneda no está cargada. La mitad de las veces gana 125, la mitad de las veces pierde 100. En promedio, cada tirada le deja 12,50 a favor.

Tómese los segundos que quiera.

En noviembre de 2023, un profesor de microeconomía del MIT hizo esta misma pregunta a su clase. Aceptó uno de cada cinco alumnos. El resto dijo no.

Son estudiantes del MIT. La cuenta la hacen de memoria. El profesor lo dijo con claridad: no es que no supieran calcular. Es que son humanos.

Cada dólar pesa distinto

Usted no valora dólares. Valora lo que cada dólar cambia en su vida. Y los dólares que ya tiene cambian más cosas que los que podría llegar a tener. Por eso perder cien duele más de lo que ciento veinticinco alegra.

En el ejemplo de la clase había un detalle que lo explica todo: el patrimonio de partida eran exactamente cien dólares. Perder ahí no significaba perder cien dólares. Significaba quedar en cero.

Y eso es lo que verdaderamente paraliza a un inversor. Más que el movimiento del mercado: la distancia que lo separa del cero.

La segunda pregunta

El profesor cambió el planteo. Les dijo: van a jugar esta apuesta, salvo que me paguen para no jugarla. ¿Cuánto estarían dispuestos a pagar?

Resolvieron la cuenta en el pizarrón. Sobre un patrimonio de cien dólares, la respuesta fue 43,75 dólares.

Cuarenta y tres dólares, entregados voluntariamente, para no jugar un juego que estaba a favor.

Ese es el precio del alivio. Medido, en un aula, con tiza.

Y entonces el profesor hizo algo más

Volvió a ofrecer la misma apuesta, dividida por diez. Cara: gana 12,50. Cruz: pierde 10.
Ahí sí, la aceptó casi todo el curso.

Lucio detenido en el aguaDeténgase un segundo, porque esto es lo más importante de la clase. El riesgo era idéntico. Las probabilidades, idénticas. La cuenta, idéntica. Lo único que cambió fue el tamaño de la apuesta en relación con lo que cada uno tenía.

Es decir: en la primera pregunta usted creyó estar decidiendo si arriesgaba. En realidad estaba decidiendo cuánto.

Usted no es conservador. Es preciso.

De una sensación a una decisión

Hay una manera obvia de achicar la apuesta: exponer menos. Poner una parte y dejar el resto quieto. Funciona, y tiene un costo que casi nadie calcula: la parte que dejó quieta tampoco trabaja. Redujo la pérdida posible y la ganancia posible en la misma proporción.

Lo que cambió en esa clase, sin embargo, no fue cuánto capital pusieron. Fue cuánto podían perder.

Y esas dos cosas no son la misma.

Al inversor le ofrecen casi siempre dos puertas: entrar y aceptar lo que venga, o quedarse afuera. La conversación entera gira alrededor de una sola pregunta —¿cuánto rinde?— y esa pregunta, mirada desde esa clase del MIT, es la menos interesante de todas.

Hay una tercera puerta. Consiste en seguir dentro del mercado, con el capital trabajando, pero cambiando la relación entre lo que se expone y lo que se puede perder.

Existen formas de invertir en los mismos activos —los mismos, sin cambiar una sola posición— en las que se resigna parte de la suba posible a cambio de que la caída deje de funcionar de manera aritmética. Se cede algo. Se obtiene otra cosa.

Los números concretos quedan para una conversación.
Cada caso significa algo distinto según la cartera que uno tenga: una cifra publicada sin conocer la suya no le dice nada.

Hace muchos años que acompaño inversores y todavía no conocí a nadie a quien le guste perder.

Sí conocí a muchos a quienes nadie les había explicado que la exposición a la pérdida no es solamente algo que se acepta. Es algo que se puede diseñar.

No sé cuántos asesores les habrán escrito esto a sus clientes.

Si al terminar de leer le quedó una pregunta, probablemente sea la correcta.

Daniel Villella