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Protección Familiar

Protegemos el patrimonio que construimos, pero ¿qué pasa con quienes le dan sentido?

Nuestra familia, nuestros sueños y nuestro patrimonio representan aquello que más valoramos.

Y sin embargo, hay una contradicción tan cotidiana que casi nunca la advertimos.

Usted protege su auto. Su casa. Su oficina.
Cosas que se compran, se reemplazan, se vuelven a comprar.

¿Aplica el mismo criterio con aquello que no se reemplaza?

Muchas veces no se trata de una decisión racional.
Simplemente evitamos imaginar aquello que preferimos creer que nunca ocurrirá.

Esa reacción tiene una explicación.

La mayoría de las personas no posterga esta decisión porque no la entienda.
La posterga porque nuestra mente intenta protegernos.

Nuestra dificultad para afrontar esta realidad suele tener dos causas principales:

· Negación: A mí no me pasará - Voy a morir de viejo
· Mito: Del tema Muerte prefiero no hablar

Si usted también piensa de ese modo, hagamos una prueba:
No piense en la palabra «noche».
No la diga. No la imagine. Esfuércese.
Verá que, por más que la evite, la noche se le aparece igual: las estrellas, la luna, la oscuridad.
Y aunque logre no pensarla, la noche llega lo mismo.

No tomar una decisión también encierra una paradoja:
Toda decisión tiene un costo.
La única diferencia es quién terminará pagándolo:
Usted o su familia.

Existe una segunda paradoja:

La muerte no admite planificaciones.
Las consecuencias económicas, sí.

Nadie puede decidir cuándo llegará ese momento. Pero todos podemos decidir cómo estará protegida nuestra familia cuando ocurra.
Esa decisión no elimina el dolor. Pero puede evitar que una tragedia emocional se convierta, además, en una tragedia financiera.