Nuestra familia, nuestros sueños y nuestro patrimonio representan aquello que más valoramos.
Y sin embargo, hay una contradicción tan cotidiana que casi nunca la advertimos.
Usted protege su auto. Su casa. Su oficina.
Cosas que se compran, se reemplazan, se vuelven a comprar.
¿Aplica el mismo criterio con aquello que no se reemplaza?
Muchas veces no se trata de una decisión racional.
Simplemente evitamos imaginar aquello que preferimos creer que nunca ocurrirá.
Esa reacción tiene una explicación.
